Mujer

En defensa de las palabras


Algo está ocurriendo con las palabras. Quizás es un proceso que viene gestándose en silencio desde hace mucho tiempo. Pero lo cierto es que últimamente tengo la impresión de que algunas de ellas han perdido su brillo, como si de tanto usarlas hubieran comenzado a desgastarse, a enflaquecerse, a hacerse insignificantes.

Estoy segura de que no soy la única habitante de este planeta que suele recibir mensajes de esta índole:

Yo: "Voy en camino". Respuesta: "Te quiero". Yo: "Estoy en mi casa". Respuesta: "Te quiero". Yo: "No llevo lo que me pediste". Respuesta: "Te quiero".

Mensajes que no provienen de admiradores ni de mis hijos ni de personas con quienes comparto algún grado de intimidad, si no de individuos que conozco apenas.

Recuerdo con claridad la primera vez que un chico me dijo "te quiero". Fue en medio de un pasillo, cuando ya habían tocado la campana y todos caminábamos a paso lento de vuelta a nuestras aulas. Él tenía doce años, pecas en la nariz y el cabello del color de las zanahorias. Apenas me miró a los ojos, pero lo dijo sin premura, dejando caer sobre mí cada letra, como si estuviera tocándome. ¿Qué hago ahora con tamaña confesión? Me pregunté. Y sentí miedo. Hasta entonces, consciente de la atracción que ejercía sobre él, había sorteado sus miradas de banco a banco con sonrisas, con una actitud que fluctuaba entre la evanescencia y la complicidad. Pero ahora estaba dicho y ese "te quiero" revoloteaba entre mis costillas, buscando un lugar donde asentarse. Aún soy muy chica -pensé- para atesorar y corresponder a su declaración de amor. Y aun cuando no volvió a pronunciarlas, sus palabras habían detonado un sinfín de sentimientos, que solo mucho más tarde encontraron un lugar. Había, por primera vez, atisbado el peso de las palabras, la responsabilidad que significa pronunciarlas y escucharlas.

Pero no solo somos interpelados por esa lluvia de "te quiero" (que muchas veces van acompañados de un sinfín de puntos de exclamaciones que resultan difíciles de interpretar), si no también están los "¡¡¡te echo de menos!!!", los "¡¡¡eres lo mejor!!!", los "¡¡¡guapísima!!!", etc., etc…

Una artillería de apelativos que si reflejaran verdaderos sentimientos producirían en quien los recibe una exaltación peligrosa del ego, o en quien no los entiende, una vergonzosa seguidilla de malentendidos. 

Algunos de mis amigos, al plantearles mi desolación, me han tildado de "amargada".  Según su parecer, todas estas expresiones positivas no hacen ningún daño, sino que, por el contrario, distienden los ánimos, desformalizan las relaciones, en suma, acercan a las personas.  

Puede que estén en lo cierto. Pero lo que me preocupa verdaderamente de este desgaste paulatino de las palabras es que cuando necesitamos expresar un sentimiento verdadero, no podemos acudir a ellas. Al pronunciarlas nos damos cuenta de que se han transformado en una cáscara exenta de contenido. Que están vacías. Y de nada nos sirve embellecerlas, de nada nos sirve agregarle a ese "te quiero" que hemos declarado una y otra vez, adjetivos y epítetos, porque lo único que logramos es ensuciar aun más la simpleza y verdad que debiera contener. Al perder las palabras su verdadero contenido, todo se vuelve liviano e insustancial.  Podemos decir las frases más osadas y 'lindas' del mundo sabiendo que no conllevan compromiso alguno. Entonces, en lugar de acercarnos, nos damos cuenta de que cuando las palabras pierden su peso, perdemos también la posibilidad de llegar al otro.

Por eso, desde esta pequeña atalaya llamo a una cruzada en defensa de las palabras. Llamo a pronunciarlas con cuidado y con mesura. Porque respetarlas es una forma de respetarnos a nosotros mismos y al otro. 

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