En París, la moda no sólo se ve: se respira. En la calle, en las vidrieras, en las librerías y... en los museos. Porque aquí la moda es considerada una forma de arte expresada por artistas, modistos y creadores como un todo. Por eso, París no tiene uno, sino dos museos dedicados a la moda: el Galliera, que pertenece a la ciudad, y el Museo de la Moda y Textil, que forma parte del Museo de Artes Decorativas, parte del complejo del Louvre.
Es en este último donde el mes pasado se inauguró la exposición Historia Ideal de Moda Contemporánea II: 1990-2000, que recorre la obra de los creadores más influyentes de los últimos 20 años, a través de 150 piezas de las colecciones más emblemáticas de estas dos décadas. La muestra fue precedida por una primera parte dedicada a los años 70-80, que cerró sus puertas poco antes.
Frente a la superabundancia de eventos e imágenes de moda que los medios transmiten en permanencia, esta retrospectiva, así como la anterior, intenta, desde una cierta perspectiva, relatar una historia -ideal- de la moda contemporánea para conservarla así en la memoria colectiva. La exposición, en la que los modelos están acompañados de videos de desfiles, cuenta con el aporte de creadores como Christian Lacroix, Jean-Paul Gaultier, John Galliano, Dolce & Gabbana, Tom Ford e Issey Miyake, entre otros.
Antes de comenzar el recorrido, pancartas explicativas recuerdan al visitante que después del período festivo de los 70 y 80 (¡Ah... esas hombreras! ¡Ah... el smoking de Saint-Laurent!) y los excesos del lujo porno-chic, los años 90 fueron aquellos de la madurez y la profesionalidad en la que los creadores recuperaron para sus diseños elementos más sofisticados. Los años 90 son también aquellos en que se multiplican las tendencias y surge un mercado organizado; es el período en que comienza a hablarse de 'industria' de la moda, y cuando cada colección conlleva un considerable riesgo económico. Es en estos años que las 'maisons' fueron una a una perdiendo su independencia, pasando a formar parte de alguno de los dos grandes monopolios del lujo, ya sea a LVMH, de Bernard Arnault, o a Pinault-Printemps, de la familia Pinault (la del marido de Salma Hayek). Por otra parte, en la década de los años 2000, tras la primera euforia del nuevo siglo, ésta pasa a un segundo plano ante las tragedias mundiales del calibre del 11/9, catástrofes naturales y crisis financiera, y son las marcas las que toman las riendas del mercado. En este contexto, la moda se volvió más discreta, económica y controlada, y los modistos que la década anterior abrumaban por sus excesos, suavizan y simplifican sus propuestas.
Las figuras emblemáticas de este período son Azzedine Alaïa, Rei Kawakubo, Yohji Yamamoto, Helmut Lang, Jil Sander, John Galliano (Dior), Alexander McQueen (Givenchy), Vivienne Westwood, Martin Margiela, Marc Jacobs para Vuitton, Prada, Tom Ford (Gucci), Hussein Chalayan y Victor&Rolf. Pero la muestra no está organizada por nombres, ni siquiera por orden cronológico, sino por escuelas -como si se hablara de la holandesa de Rembrandt o la inglesa de Turner y Constable, la belga, la inglesa, la urbana y minimalista, la alta costura o la independiente-, en las que los creadores desarrollan su pasión y su 'savoir faire'.
Primero la belga, la más influyente de los inicios de los 90, y sus representantes más destacados: Dries van Noten, con sus vestidos kimono y sus faldas campesinas; el cuero de Ann Demeulemeester, y sobre todo Martín Margiela, quien con su moda 'exhausta', en que la ropa prácticamente desaparece, se insinúa un período que termina y el nacimiento de uno nuevo.
Después la japonesa, con el provocativo Rei Kawakubo, de Comme des Garçons, que asombra una y otra vez con sus inesperados conceptos, como los de su colección 'bosse' (joroba) de la primavera-verano 1997; un Yohji Yamamoto, en plena y serena madurez, cuyas colecciones de 1992 a 1998 figuran entre las más bellas del modisto; o Junya Watanabe, quien crea formidables vestidos-paracaídas con detallismo obsesivo y que cada desfile semeja una 'performance'. Y por supuesto, Issey Miyake, uno de los creadores dominantes en la actualidad, cuyos modelos -vestidos ligeros y prácticos que acompañan el movimiento corporal- son la demostración de su talento escultural, al tiempo que sus creaciones, recogiendo todas las formas artísticas, no pierden nunca de vista la vocación del traje: vestir a la mujer.
Luego, la consagración de la escuela inglesa liderada por su reina Vivienne Westwood, a quien siguen los príncipes rebeldes John Galliano y Alexander McQueen (éste primero en Givenchy y después con su propio nombre), quienes compartieron entre sí un decidido gusto por la provocación. Los profesionales recuerdan aún un mítico desfile primavera-verano 2004 de McQueen que dejó boquiabierto al mundo de la moda.
Define a la italiana el renacimiento espectacular de la tradicional Prada, el surgimiento de Dolce & Gabbana y de Gucci, dirigida por Tom Ford, quien se distingue por su singular personalidad de hombre de negocios de múltiples talentos, que da una nueva imagen de la creación. Es el 'director creativo' que aparece…
La escuela minimalista tiene como representantes principales a Helmut Lang y más adelante a Jil Sander, quienes refuerzan la impresión de simplicidad, una tendencia que comparte la mayoría de los creadores de este período. Marc Jacobs, en Vuitton, en esta misma línea, prefiere sugerir más de lo que muestra.
Y finalmente, el recorrido termina con la alta costura francesa, 'renacida' gracias a los nuevos talentos como el influyente Jean-Paul Gaultier, que rompe las barreras con sus célebres colecciones Rap-pieuses y Tatuajes, en 1996-1997, y hace con éxito su entrada en la alta costura, imponiendo un estilo personal unánimemente reconocido. Nicolas Ghesquiere -la gran sorpresa de la década junto al israelí Alber Elbaz, en Lanvin-, a la cabeza de Balenciaga, prosigue a través de su visión modernista y avant-gardista su búsqueda obsesiva por la línea límpida y perfecta. En sus desfiles todos los modelos parecen falsamente idénticos, al contrario de Christian Lacroix, cuya exuberancia de colores y texturas está más acorde con las décadas anteriores.
Olivier Saillard, comisario de esta exposición (así como de su primera parte), buscó los modelos más emblemáticos de creadores y modistos, aquellos cuya imaginación y estilo dan cuenta de un trabajo de autor. "Existe un lujo refinado y experimental que no es sinónimo de imperialismo y arrogancia", afirma en el folleto explicativo. Por cierto que no: el cuerpo de trabajo representado aquí es sinónimo de una inagotable búsqueda artística y de un fabuloso espíritu creativo.
Musée des Arts Decoratifs, hasta el 26 de junio.
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