Si bien no ha sido la única mujer que participó activamente en las luchas independentistas, doña Paula ha pasado a la historia por desafiar a soldados realistas en su propia casa, encarándolos de tal forma que no les dejó otra alternativa que abandonar su hacienda, completamente atónitos.
Corría el mes de marzo de 1818, cuando el ejército patriota fue duramente derrotado en Cancha Rayada, cerca de Talca. Se entraba en la recta final del proceso independentista, y la situación del ejército chileno era lamentable. Ante ello, doña Paula decidió organizar a los peones de su hacienda de Paine y enviarlos, al mando de su propio hijo, a las órdenes del general José de San Martín, entregándole, además, alimentos, pertrechos y caballos. Su aporte en este punto de la historia resulta invaluable. San Martín terminó instalándose en su hacienda, utilizándola como cuartel general. Ella, con una entrega y generosidad admirables, no sólo escondió a patriotas perseguidos, sino que además dispuso una de sus casas como hospital, para atender a los soldados heridos en combate.
Fue en este escenario cuando las tropas realistas entraron violentamente en su propiedad buscando alimentos y animales, como una contribución forzada de guerra, muy común en ese entonces. Al pedirle las llaves de su bodega ella contestó con decisión: "No se las entregaré jamás. Nadie sino yo manda en mi casa". El oficial ordenó a sus soldados que le quemaran su hogar, como una forma de castigar su rebeldía. Doña Paula hizo rodar entonces un brasero encendido a los pies del oficial, gritándole en la cara "¡ahí tienen fuego!". Estupefacto, el oficial ya no supo qué hacer, y se retiró de la hacienda en medio de gritos e insultos.
Paula Jaraquemada fue una mujer valiente, entusiasta y abnegada. Había crecido bajo el cuidado de sus padres, aprendiendo los asuntos domésticos que toda niña debía saber. Pero ella prefirió dedicarse a la caridad, recorriendo las viviendas más pobres, visitando cárceles, asilos y hospitales. Incluso llegó a conseguir un permiso especial para acompañar a las internas de Santiago, entrando a la prisión libremente, sin que nadie le pusiera problemas. Y luchó incansablemente por mejorar la situación de las detenidas, especialmente en la Casa Correccional de Mujeres de Santiago.
En lo que respecta a la ayuda entregada a los patriotas, tal vez no fue casualidad que una vez que se retiraron de su hacienda, camino a Santiago, libraron victoriosos la Batalla de Maipú, decidiendo así la Independencia de Chile. Bajo los cuidados de esta notable mujer, los soldados chilenos habían recuperado las últimas energías que necesitaban.
Las tropas realistas entraron violentamente en su propiedad buscando alimentos y animales, como una contribución forzada de guerra, muy común en ese entonces. Al pedirle las llaves de su bodega ella contestó con decisión: "No se las entregaré jamás. Nadie sino yo manda en mi casa". El oficial ordenó a sus soldados quemar su hogar, como una forma de castigar su rebeldía.
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