
Soy fan de la tecnología que le hace a uno la vida fácil. Ya
no recuerdo cómo era la mía sin celular, cuando hacía
esfuerzos por memorizar los números de otros o cuando
tocaba el timbre de las casas de mis amigos al ir a buscarlos. Ni
hablar de Internet. Era lindo recibir cartas de amor, pero la
eficiencia del correo electrónico superó mis expectativas. No
sé si les pasará a todos, pero para mí, la existencia del mail es
un alivio. Nunca más tuve que hablar temas incómodos en
persona y ahora puedo pensar dos
veces cómo decir ciertas cosas antes
de apretar send. Fantástico. Es que
a veces soy un poco impulsiva. Y
podría seguir enumerando las
maravillas de la tecnología, pero no
es la idea de esta columna. Más bien,
es todo lo contrario: manifestar mi molestia ante lo que he
llamado tecnomanía, una enfermedad que se esparce a mi
alrededor como la peste y que hace que deje de pensar en el
futuro como un lugar mejor.
La semana pasada fui al banco a pedir información sobre un
crédito. La ejecutiva, una peloláis recién llegada al mundo laboral,
decidió que no era necesario dejar su Blackberry a un lado
para atenderme como corresponde y aprovechó cualquier respiro
de nuestra conversación para tomar el aparato, teclear
rápidamente y despacharse una sonrisa. Qué insolencia. Habrá
estado mandándole mensajes a su amiguito. Descarto los juegos
electrónicos porque no era su perfil. También descarto Twitter:
definitivamente no era de los que no pueden vivir sin el
último invento de la web 2.0 (¿o no es el último?), un espacio
para megalómanos.
Ese mismo día fui a almorzar con una amiga. La comida,
sabrosa. Yo, feliz con el soberbio pan italiano y su miga que
engullí con placer. Mi rollo, contento, se acomodó un poco más
a un costado de mi cintura. Y mi
amiga, pues no sé cómo estaba. No
llegué a enterarme porque no dejó
de contestar el teléfono y hablar con
otras personas. Fue el colmo.
La escena anterior se repite tan a
menudo en mi vida que he empezado
a preguntarme si no será que me estoy poniendo aburrida.
Pero no es así, porque mi sentido del humor está intacto y
siempre tengo tema de conversación. Sigo siendo buena compañía,
lo juro. Así que sólo he podido concluir que el mundo
está mal. Que la gente ha perdido la educación. Aunque en realidad,
eso da lo mismo. Lo terrible es darse cuenta de la desconexión
que implica estar siempre conectado. Una rara paradoja.
La tecnomanía. Deberíamos emprender una campaña. Por
nuestros hijos y el mundo que les va a tocar: “24 horas sin contestar
el teléfono”. ¿Podría usted?
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