
Cuando me tocaba ir al colegio por las tardes, todas las mañanas veía sin falta las aventuras de los dibujos animados de Don Gato y su Pandilla. Alucinaba con sus peripecias, con todo lo que les ocurría en su difícil devenir por las calles de Nueva York. Realmente hacían de todo por sobrevivir: se alimentaban de cabezas de pescado que escudriñaban en los botes de basura, burlaban intrépidamente a la policía para que no se los llevaran a las correccionales y se encaramaban como fuese en las ventanas para conquistar a las inalcanzables y primorosas gatitas de las casas particulares.
Y en todas sus andanzas salían –gracias al ingenio de Don Gato– siempre airosos. Pero igual me daba pena. Sufría pensando en todos los demás felinitos callejeros que no tenían la misma suerte de la pandilla de TV porque no contaban con un líder tan inteligente como ése. Ningún misifú del mundo tenía esa fortuna. Menos aun los gatitos que habían sobrevivido al incendio de la verdulería de Las Cabreras, la más grande de mi cuadra. Se había carbonizado su recinto y a sus dueños no les había quedado más remedio que mudarse del vecindario y dejar a la buena de Dios a sus cinco mascotitas. Daban lástima los pobrecitos. Se veían tan desnutridos, pequeños y roñosos que más parecían los sobrevivientes de una catástrofe que unos tiernos mininos. Tenían pocas posibilidades de vivir pero igual se adaptaron a su soledad y comenzaron a crecer, alimentados por todos los vecinos que les dejábamos sobras en un plato ubicado justo en el lugar donde antes solía estar la verdulería. Y crecieron lo bastante como para alcanzar su adolescencia gatuna (que debe haber sido poco más de ocho meses) y transformarse en una verdadera pandilla. Una como la de Don Gato, pero peor. Porque Don Gato y sus amigos eran traviesos e intrépidos pero jamás violentos. Al menos no recuerdo que en ningún capítulo hubiesen asustado a los niños o correteado a las ancianas. En cambio los mininos de Las Cabreras sí. Eran temibles. Las calles los habían convertido en unos verdaderos delincuentes y ya no tenían retorno. Eran capaces de todo, de morderte el dedo si les dabas comida, de arañarte la cara si intentabas acariciarlos, o de voltear un basurero completo para buscar una bolsa de carne. Causaban tal antipatía en el barrio que no había quién no quisiera deshacerse de ellos... Y don Manuel tomó la iniciativa.
Un buen día los metió a su camión y –según dijo– se los llevó muy, muy lejos. Estuvimos por largas semanas tranquilos hasta que sucedió un nuevo milagro: si el primero había sido que los mininos sobrevivieran, el segundo era que el más tigreso de todos hubiese hallado el camino de vuelta a casa. Lo más insólito fue ver la reacción del vecindario: todos lo empezaron a tratar como un héroe y admiraron a tal nivel su inteligencia que lo rebautizaron como ‘Don Gato’.
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