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Guerra al PowerPoint

?El mínimo respeto hacia un público que siempre tendrá algo más interesante que hacer antes que aburrirse frente al paso de nuestras diapos, exige no olvidar que este programa es un medio y no el mensaje?.

Hablar con PowerPoint o hablar con palabras puede ser más que un asunto de estilo o de apego a la tecnología. Puede ser una manera de pensar y hasta de considerar a los demás. Y, a veces, una peligrosa manera de ‘pensar’.

El Power Point –creado en 1984 por el empleado de Apple Bob Gaskins y comprado en 1987 por Microsoft– es el programa más usado en el mundo para presentaciones. Y su alto raiting obedece a que, sin mucha dificultad, permite crear presentaciones multimedia de un alto estándar profesional, con exquisitos recursos en imágenes, audio y videos, con múltiples opciones de visualización y exportable incluso a la web.

Y si aparecen errores o cambios de último minuto, son de rápida solución. Sin embargo, paralelo a la popularidad del PowerPoint, se han levantando voces de alerta contra el peligro que conllevaría de infantilizar el pensamiento.

Hace unas semanas fue nada menos que el Alto Mando del Ejército norteamericano el que lanzó toda su artillería pesada en contra de este software, a través del comentado artículo We Have Met the Enemy and He is PowerPoint, publicado por The New York Times. Ahí, el general McMaster afirmó que representaba una amenaza interna muy nociva para la toma de decisiones, porque podía “crear la ilusión de entender y la ilusión del control… y algunos problemas en el mundo no son reducibles a unos cuantos puntos”. Alegó también que su uso excesivo les restaba demasiadas energías y horas diarias a sus oficiales, por algo apodados los “powerpoint rangers”. (En Chile, la periodista Andrea Palet habló en Twitter del ‘powertoint’).

Una crítica parecida, aunque más técnica, apareció al investigar la explosión del transbordador espacial Columbia, el 1 de febrero de 2003. En agosto, la NASA publicó un exhaustivo informe de 248 páginas. En la 191, titulada Ingeniería en Transparencias, se afirma que el empleo “endémico” de Power Points en lugar de papers técnicos, influyó en una estimación errada de los riesgos por parte de quienes tomaron las decisiones.

¿Dónde radica entonces el secreto de este programa estrella? Precisamente en su capacidad de simplificar y de controlar –aparentemente– la realidad y la audiencia. El expositor suele confiar en que unas cuantas diapositivas, ojalá ‘muy animadas’, ‘conquistarán’ al auditorio. Tiene la posibilidad incluso de insertar links con audio, imágenes, gráficos y una gran gama de colores, y toda una serie de recursos estilísticos que –se imagina– no pueden fallar. Pero descuida construir un discurso argumental o una estructura dramática que cautive emocional e intelectualmente al público.

Como lo resumió el académico de Yale y radical adversario del ppt, Edward Tufte: “La conveniencia del expositor puede ser un castigo para el contenido y para la audiencia”.

Entonces, el mínimo respeto a un público que siempre tendrá algo más interesante que hacer antes que aburrirse frente al paso de nuestras diapos, exige no olvidar que un ppt es un medio y no el mensaje. Que por más sofisticación gráfica que logremos, es el envoltorio y no el regalo. La carrocería y no el motor.

Por eso, cuidado con creer que no se puede presentar un tema sin apelar a una sucesión de slides.

No vaya a ser que se nos corte la luz y nos quedemos con muy poco que decir

 

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