Educando a Octavio

Actualmente una de las tendencias que más se llevan en Europa y Estados Unidos es la ecocrianza, que ya está entrando con fuerza en Chile y que tiene que ver con buscar todo lo más natural del planeta para el buen desarrollo de los niños. Esto se traduce en vestirlos con productos de algodón orgánico, tratarlos con medicina antroposófica y/u homeopática y, por supuesto, desarrollar el apego, es decir que las guaguas desde incluso antes de nacer estén ultravinculadas a su madre. Para eso se requiere trabajo: estar con ellos, acunarlos y, si lloran, tomarlos en brazos hasta que se relajen. Cosa que derriba las creencias antiguas, que decían que a los niños había que dejarlos chillar hasta que aprendieran a obedecer a los que estaban al mando, en este caso amí y a mi marido. Al menos eso dicen mis tías octogenarias.
Aún recuerdo cuando una vez fueron a mi casa y al ver que el Octavio lloraba y lloraba, no pararon de retarme porque según ellas yo lo tenía mal criado y lo único que buscaba era doblegarme. Como si mi pequeño de menos de una semana hubiese sido una especie de Hitler en miniatura. Insólito. Pero lo peor de todo no fue eso; como no tenía experiencia en esto de ser madre, les hice caso. Y todavía no me perdono a mí misma por semejante error. No sé qué buscaban en realidad: ¿que mi hijo se quedara pasmado de tanto llanto? O, quizás, que terminara con un hipo terrible. No sé, pero ciertamente luego de aquella carnicería quedé clara en una sola cosa: ése no era el camino. Definitivamente no. Y tampoco estoy segura de que la famosa ecocrianza lo sea. Pero considero que vale la pena intentarlo. Sus métodos, pienso, no pueden ser tan descabellados si van acorde con la naturaleza.
El tema es que los estoy probando y no me ha ido tan mal. Hoy por hoy el Octavio está más feliz y ya no da tantos alaridos. Lo que me deja más que tranquila, porque estaba tan bueno para eso que su nana creía que le habían puesto un mal de ojo. Incluso enmás de una ocasión me dijo que le colocara una cintita roja para que no gritara tanto. Así de heavy estaba la cosa; pero confío en que con las nuevas técnicas que estoy aprendiendo, erradiquen en algo esos males.
Como antes les dije, el Octavio estaba un poquito gritoncito y yo realmente no sabía qué hacer. Me destrozaba los brazos paseándolo y él seguía llorando. Si le mostraba un juguete me lo tiraba por la cabeza. Yo me sentía cada vez más y más miserable, con la culpa persiguiéndome como la peor de las sombras... Así fue hasta que acudí a un par de clases con la psicomotricista Solange Butendieck.
Solange es experta en psicomotricidad de niños y guaguas y ocupa el método de Emy Picker para conseguir la motricidad libre en los bebés. Y esto está estrechamente relacionado con la ecocrianza, pues hay un respeto total por los ritmos biológicos naturales de maduración de las criaturas. Aprendí que jamás se deben forzar sus posturas, ya que si se hace los niños comienzan a sentirse incómodos y asustados y una se aleja más del objetivo, que es el apego con ellos.
Y de alguna forma eso me pasaba con el Octavio. Por ejemplo, yo lo tomaba de manera vertical y eso estaba muy mal, porque según Solange aún no tenía el sistema madurativo listo para tener su columna derecha. Quizás por lo mismo él sentía tanto terror a caerse, que me quedaba mirando asustado con ojos de huevo frito o me tironeaba el pelo ultrafuerte para sujetarse. Se suponía que yo debería haberlo acunado como un cristalito y no cogerlo como si fuera un chico grande.
Además tampoco le gustó eso de que yo lo tomara por las axilas para sacarlo de la cuna o que su padre para entretenerlo lo hiciera volar por el espacio. Debo confesar que mi hijo sólo tiene cinco meses y ya conoce el juego del Superman (que consiste en tomarlo por la guatita y moverlo), y eso a Solange le pareció pésimo, porque le da una “sensación de caída terrible hacia el infinito”
–¿Pero cómo? Sí igual se ríe cuando se lo hacemos –le pregunté ingenua, y ella de inmediato me explicó que eso era una risa nerviosa, y yo en ese momento me sentí tremendamente culpable. En realidad he cometido tantos errores en esto de la crianza que, a veces, hasta me gustaría que me teledirigieran por walkie-talkie para no equivocarme tanto.
En fin. Pasamos a la preocupación por los cuidados cotidianos, que si se hacen con calidad, según el método Emy Picker, ayudan sustancialmente al apego entre madre e hijo. Y yo, por supuesto, en este punto también presentaba falencias. Por ejemplo, solía mudarlo en forma bastante brusca. Le levantaba las patitas casi en 70º para echarle hipoglós, y luego le ponía el pañal sumamente apretado para que no se le saliera el pipí. Y así no se tiene que hacer. Una debe ser ultracálida,y explicarle cada cosa que va haciendo, algo que yo nunca hago. Casi siempre lo mudo superrápido y a lo sumo le pregunto si me tiene alguna ‘sorpresita’ mientras le saco el pañal. Pero él es tan bueno que hasta con mis chistes fomes igual se sonríe.
Pero es cuando jugamos que da esos chillidos. Esos alaridos espantosos que según Solange hace para llamar mi atención, porque yo ando en la estratosfera. En efecto, siempre cuando jugamos con el Octavio yo miro la teleserie de reojo.
–¿Y por eso se cansa tan rápido? –le pregunto, y me responde que sí, y que además no tengo por qué andarlo estimulando tanto con juguetes ruidosos y grandes que más me gustan a mí que a él.

–Él se conforma con un par de pañuelos y cascabeles de materiales nobles que sean lo más simples posible –me dice, y yo de inmediato lo miro en la alfombra mientras juega, y hasta me dan ganas de preguntarle qué es lo que de verdad quiere. ¿Le gustarán realmente esas semillas y esos cascabeles de mimbre que le muestra Solange? De inmediato me respondo a mí misma que sí, pues al mirarlos mueve las patitas feliz de la vida.
–¡Qué avanzado es, apuesto a que ningún otro niño de cinco meses es tan despierto! –le digo a Solange, y ella sólo se sonríe, seguramente ya acostumbrada a este tipo de exabruptos de madres orgullosas y competitivas.
Además otra cosa que tampoco aprueba son mis ataques bruscos de cariño sin anticipación ni mesura. Esto último, sinceramente, sí que no lo puedo evitar. Cada vez que lo veo con sus rollitos en las piernas y sus ojitos brillositos me dan tantas ganas de apretarlo, que lo estrujo como si yo fuera un oso hormiguero frente a millones de hormigas. No sé cómo aún no entiendo que él no es mi muñeco. Quizás por eso mismo chilla. O talvez le debiera dar flores de Bach para que no lo hiciera. O como dice Solange debiera ser más bien yo la que las tome para así bajar paulatinamente mis revoluciones y respetar un poco más los ciclos naturales de mi guagua, e ir más acorde con los ritmos de la ecocrianza.
Otro aspecto de gran interés para la ecocrianza son, evidentemente, los materiales con que uno viste a su bebé. Éstos debieran ser completamente naturales. Como los que vende Fabiola Sánchez, quien es dueña de la marca Bebé Orgánico en Chile y comercializa ropa y pañales cultivados con algodón 100% natural sin fertilizantes. Ella me asegura que sus productos, entre los que se cuentan mantitas, piluchos, frazadas y pantalones, son excelentes para el bienestar de Octavio, ya que así no se le anda irritando la piel y no le saldrán granitos. “Es una forma de cobijarlos más amorosamente”, me dice, y yo altiro me siento culpable al pensar que estoy vistiendo a mi hijo de la forma más artificial del mundo, ya que no sólo casi toda su ropa se la compro en supermercados, sino que sus mantitas son de polar, o sea que no puede andar más sintético por la vida.
Además, también me siento culpable por la cantidad garrafal de pañales desechables que ocupa.
–¿O sea que la basura de mi hijo perjudicará el planeta de los niños venideros? –le pregunto ingenua, y no sólo me dice que sí, sino que además explica que los pañales desechables demoran más de quinientos años en reciclarse. ¡Qué poco ecológico es mi Octavio!, pienso, y en ese preciso momento le pruebo uno orgánico para ver qué pasa. Éste incluye un calzón con velcro y un material de algodón ultraabsorbente en su interior, que se puede lavar cuantas veces se necesite. Se lo pongo y se ve tan rico que lo estrujo. Es como ver un bebé orgánico modelo. De hecho, a pesar de que el pañal le abulta bastante el popó, pues trae varias capas para absorber el pipí, igual puede moverse con toda libertad. Pero luego lo ensucia y ahí llega la parte amarga: la de lavarlo. Lo pongo a remojar en una palangana con jabón gringo, y de inmediato siento que estoy retrocediendo a la época en que yo era guagua, cuando mi nana tenía que lavar mis pañales sucios. Pero en fin, igual valió la pena probarlos y ver cómo mi niño se sentía más que feliz colaborando con el planeta.
Y para culminar con los rituales de la ecocrianza llevo al Octavio a examinarse con una doctora antroposófica, teniendo en cuenta que es una de las vertientes más ecológicas de la medicina, porque se nutre de los elementos más esenciales de la naturaleza para sanar a los individuos. La doctora se llama Magali Tejos y de inmediato me preguntó hasta por los detalles más mínimos de su crianza: si era estítico, si tenía buena temperatura corporal y si estaba comiendo.
–El Octavio se toma todos sus rellenos –le dije. Según ella es mucho mejor la leche de vaca (recién exprimida) diluida con agua, que eso. Se la dimos a probar y altiro le gustó. La saboreó de a poco y luego la terminó de un zuácate. Y mientras se la tomaba no pude evitar ponerme a pensar que éste era el cuarto tipo de leche que degustaba: la primera fue la mía, que era tan delgada que –me dijeron– quedaba muerto de hambre; la segunda fue la de mi prima, que lo hizo sentirse satisfecho por primera vez; la tercera, el relleno, al cual hasta el día de hoy le rindo pleitesía, y la cuarta, la de vaca. Y él siempre ha sido tan glotón que las ha disfrutado todas.
Además la doctora me recomendó que no lo sometiera más a la tele, ya que era muy pequeño para soportar tantos estímulos. Y con esto derribó uno de mis mayores mitos, pues yo siempre creí que le hacía increíble ver los Mecanimales.
–Han sido especialmente creados para estimular a niños de su edad –le expliqué, y ella me dijo que dejara de ser tan ‘creativa’ y que lo entretuviera con lo más elemental de la vida.
Y quedé pensando en que talvez sí tenga razón, que esto de criar niños sea mucho menos complicado de lo que siempre creí y que quizás llegó mi hora de relajarme y comenzar a disfrutar de lleno a mi hijo.
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