Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan
Los niños suelen ser los grandes olvidados tras hecatombes como la vivida el aciago 27 de febrero en Chile. Este neuropsiquiatra, famoso por sus estudios sobre resiliencia, y esta sicoterapeuta especialista en el mismo tema, quienes trabajaron con la niñez afectada por el tsunami de Asia en 2004, plantean aquí las claves para evitar que esta dura experiencia se torne en futuros trastornos crónicos en los pequeños.

“En la cultura ´adultista´ que impera, el sufrimiento y los traumas de la infancia ni siquiera son nombrados, así como sus necesidades singulares apenas son consideradas. Esto queda aun más patente en situaciones de catástrofes como la que vive Chile. Por suerte la naturaleza ha dotado a las mujeres madres, abuelas, tías y vecinas de los recursos biológicos necesarios para que frente al estrés piensen primero en la seguridad y protección de sus crías, en vez de huir en un sálvese quien pueda. Es un `milagro´ que tiene una hormona que lo sustenta: la occitocina (la llamada hormona del apego). Si no fuera por esto la suerte de los niños y niñas sería todavía peor. También existen hombres buenos capaces de responder de manera altruista y priorizar a sus crías en situaciones extremas porque, entre otros recursos, la naturaleza les ha dado la vasopresina como hormona (de efectos semejantes a la occitocina)”.
Eso comentan Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan, insistiendo inmediatamente en que, sin embargo, eso no es suficiente y es muy importante plantearse estrategias de apoyo a la niñez en las circunstancias que estamos atravesando.
Ambos trabajan en España en el Instituto de Formación e Investigación sobre la Violencia, formando a psicoterapeutas infantiles especializados en niños traumatizados. Son miembros, asimismo, de la ong EXIL, con sede en Bélgica, España y hace poco también en Chile, que ofrece asistencia a niños afectados por violaciones a los derechos humanos y catástrofes naturales. También trabajan de la mano de la ONG Médicos Sin Fronteras. Y en conjunto son autores del libro Los Buenos Tratos a la Infancia: Parentalidad, Apego y Resiliencia (2005), mientras Barudy, por su parte, publicó la investigación Hijas e Hijos de Madres Resilientes (2007). Actualmente están próximos a dar a luz una nueva obra sobre estos temas, a la que dan las últimas pinceladas.
Chilenos ambos y siendo además matrimonio, se encontraban de paso en Chile para realizar seminarios y talleres, junto a su hija Carmenluna, de 5 años, en el momento del terremoto. Impresionados por sus dimensiones decidieron comenzar a trabajar de inmediato en la edición de un manual para apoyar a los niños en su resiliencia ante esta calamidad. Eso luego de haber ayudado a los pequeños afectados tras el tsunami que asoló a Asia en 2004. “Mientras más cercano en el tiempo se intervenga, más posibilidades tenemos de prevenir los trastornos de estrés postraumáticos, sobre todo hacia los más vulnerables, es decir, los niños que ya vivían en contextos de carencias afectivas y pobreza, los que eran víctimas de malos tratos o violencia intrafamiliar, así como hacia los que han sufrido pérdida de sus seres queridos”, comenta Jorge Barudy.
–Vivió con su hija pequeña esta experiencia, ¿qué enseñanza le dejó eso?
–Estábamos alojados en un hotel en La Serena. El temblor nos despertó y su intensidad produjo en nosotros la misma reacción de la mayoría de los padres y madres: nos levantamos y no supe cómo tomé en brazos a mi hija, le explique rápidamente lo que pasaba y bajé las escaleras buscando un lugar seguro. Maryorie nos siguió con una manta para abrigarla. La luz se cortó, esperamos un rato, la tierra se calmó y volvimos a poner a nuestra hija en su cama. Dada la intensidad, sospechábamos que algo grave había pasado. El riesgo de un tsunami, pues estábamos alojados cerca de la playa, nos mantuvo hiperalertas toda la noche. Al día siguiente nuestra hija contaba que sus papás la habían sacado de la cama en la noche para protegerla. De a poco fuimos conociendo noticias de nuestros familiares en Concepción, explicándole en cada momento a ella lo que sabíamos. También le contamos y le pedimos ayuda para que nos permitiera trabajar para aliviar a los niños y niñas a quienes el terremoto y las salidas del mar habían destruido sus casas.
La pareja relata que a medida que Carmenluna ha ido preguntado, le han explicado con juegos y ejemplos por qué tiembla la tierra y por qué se sale el mar, lo que puede suceder y lo que hay que hacer en situaciones parecidas. “Gracias a todo esto ha podido seguir viviendo como una niña normal y corriente. La presencia afectiva de sus abuelos maternales ha contribuido y reforzado su bienestar. Nuestras intervenciones naturales y la respuesta de nuestra hija han reforzado nuestra confianza en los recursos naturales de las personas, en el afecto y la utilidad de hablar claro y verídicamente a los niños y niñas para ayudarlos a sobreponerse de los efectos de estas situaciones”, dicen.

–¿Todo niño que vivió este desastre está afectado?
–Sí. Aunque no hayan vivido daño o pérdidas personales, el solo hecho de experimentar el terremoto y estar rodeado de esta tragedia, de ver a otros dañados, muertos o desaparecidos puede hacerlos sentir un miedo intenso, impotencia y horror. Las investigaciones sobre trauma infantil nos enseñan que los niños que testifican estos desastres naturales, aun no habiendo perdido nada significativo en su entorno familiar, presentan síntomas y respuestas muy similares a los que sí han tenido estas pérdidas.
–¿Qué recomiendan que hagan padres y educadores tras lo acontecido con los niños?
–Lo importante es el apoyo afectivo, la aceptación incondicional de sus respuestas de miedo, angustia y estrés, la contención, proporcionándoles seguridad y protección. Si los niños, aun los más grandes, quieren dormir con sus papás, es el momento de permitirlo. Si están más inquietos y agresivos, distraerlos para calmarlos, en vez de retarlos.
–¿Cómo suelen reaccionar los niños y adolescentes frente a estos sucesos?
–Los bebés son mucho más influenciables por el estrés y la angustia sentida por el adulto que les cuida. Pero sus manifestaciones de estrés postraumático son poco notorias: cambios en el ritmo del sueño, poco apetito, desviar la mirada, inhibición. Los más pequeños a menudo presentarán mucha ansiedad, miedos y una gran preocupación de quedarse solos o por sentirse a salvos. Los más grandes y adolescentes pueden tener reacciones emocionales intensas, sentirse muy irritables, tener problemas de sueño, de apetito y volverse muy dependientes o volverse más callados e inhibidos. Es frecuente que pierdan ciertas habilidades y logros y se comporten como si fueran más pequeños. Todas estas reacciones son normales, pero a medida que el contexto se va normalizando todos van estabilizándose. Se requiere mucha paciencia y acompañamiento.
–¿Qué peligros hay?
–Existe el riesgo de que estas respuestas normales puedan amplificarse, complicarse o hacerse crónicas, transformándose en trastornos psicotraumáticos, especialmente si antes de la catástrofe natural los niños y niñas han conocido malos tratos infantiles y/o han sido testigos de la violencia de sus padres en contra de sus madres. Además, las respuestas inadecuadas del entorno familiar como reprimir, culpabilizar, asustar pueden también desviar las respuestas de la normalidad hacia trastornos mentales. En este sentido, los programas que apoyan la resiliencia parental e infantil pueden ser muy importantes.
Junto al neuropsiquiatra Boris Cyrulnik, padre del concepto de resiliencia, quien llega a Chile en estos días, ambos especialistas participarán en una jornada internacional sobre el tema, que se realizará el 18 y 19 de marzo en el Centro de Extensión de la Universidad Católica. Ahí tratarán especialmente sobre “la resiliencia en las catastrofes naturales”. A continuación, aquí dan ideas claves y prácticas para ayudar a los padres a apoyar a sus hijos frente a sucesos como los que experimentamos el 27 de febrero.
“Dar explicaciones verídicas y sensatas de por qué suceden terremotos (tierra que se mueve) y tsunamis (hueco en el mar, en japonés) y sus consecuencias, como que las réplicas ocurren para que la tierra vuelva a ordenarse”. Para explicar el terremoto a los más pequeños: poner sobre una porción de gelatina algunas frutas y pedirle al niño que mueva el plato en diferentes intensidades. La gelatina se moverá y todo se derramará, tal cual las casas y objetos sobre la tierra. Para escolares: armar un pequeño puzzle, poniendo figuras encima. Explicarles que las placas bajo el océano son como una parte de este puzzle: si se rodea con las manos y se presiona hacia el centro, parte de las fichas saltarán y las figuras u objetos se moverán o caerán, tal como estas placas provocan un desorden en el océano y la tierra, produciendo terremotos y tsunamis. Sobre el tsunami: mostrar con un dibujo que las placas del océano tienen una posición y cuando una se desplaza por un terremoto, crea un hueco: naturalmente el mar llena ese espacio, recogiéndose hasta colmarlo. El agua sobrante regresa con fuerza, por eso se forma la gran ola, buscando el mar su equilibrio nuevamente.
Las reacciones de los niños están muy influenciadas por las respuestas de su entorno. Es frecuente que busquen a sus padres para lograr seguridad y ayuda. Es fundamental mostrar una actitud esperanzadora. “Aun en las situaciones más difíciles podemos identificar aspectos positivos para mantener cierto optimismo y permitir a los niños recuperar su confianza en el mundo y en el acompañamiento de sus personas significativas”.
Tener la oportunidad para expresar sus vivencias, dudas, ideas, deseos y temores en ambientes afectivos y empáticos permite a los niños desarrollar la resiliencia. Les facilita organizar su pensamiento e ideas sobre lo sucedido y que las confusiones y angustias disminuyan. Es importante ofrecerles espacios de conversación sobre lo sucedido, sin caer en la redundancia. Estar abiertos incluso para repetirles información que los tranquilice. Clave es ofrecerles también, especialmente a los más pequeños o inhibidos, otras maneras de comunicar angustias y temores: se les puede regalar un cuaderno para que escriban, dibujen o pinten no sólo lo vivido y sus temores, sino también sus deseos y esperanzas.
No culpabilizar a los niños de lo sucedido, relacionando estos eventos con sus comportamientos o los de otras personas significativas para ellos. No atemorizarlos con mensajes desalentadores sobre el presente y futuro, infundiendo pesimismo. “Por ejemplo, nunca decirles que nada se sabe de lo que va a pasar en el futuro o asegurar que nunca más saldrá la familia adelante o que otro terremoto pronto vendrá o criticarlos o burlarse de sus reacciones emocionales”.
Básico es que a partir de esta fuerte experiencia los padres den instrucciones, enseñen, sin alarmar ni aterrar, acerca de qué hacer en momentos en que sucede un hecho así, considerando que somos un país sísmico. Una manera de ayudarlos a restablecer la confianza es darles ciertas pistas sobre cómo actuar durante las réplicas y explicarles qué están haciendo la familia y la comunidad para protegerse.
Una experiencia traumática como la pérdida del hogar o la muerte de alguien importante en la vida del niño puede afectar su sentido de seguridad en sí mismo y en el mundo. Esencial es devolver esa confianza brindando protección y alivio a partir de una relación amorosa y segura con un adulto protector.
El adulto protector juega un rol muy importante en ayudar a los pequeños frente al dolor luego de una experiencia traumática. Hay que reconocer sus miedos y otras reacciones como expresión de un sufrimiento que es necesario; acompañar, acoger y no considerar exageraciones, manipulaciones o problemas injustificados sus expresiones; continuar ofreciéndoles una parentalidad acogedora que provea apoyo, manteniendo en lo posible las rutinas, horarios y límites anteriormente utilizados. Por último, es básico entregar información clara y sincera, adecuada a la edad de los niños, sobre sus reacciones y respuestas naturales frente a lo vivido y dar nuevo significado a creencias erróneas, pues los niños tienden a pensar que los eventos estresantes y negativos en sus vidas se producen por su culpa o por algo sobrenatural. Es posible minimizar el impacto nocivo de un evento traumático en los pequeños cuando éstos comprenden lo sucedido con información clara y honesta, que le dé sentido a lo vivido.
Aunque los niños pequeños y mayorcitos presentan reacciones comunes a los eventos traumáticos, cada uno lo hará de forma única y particular: sus experiencias de vida antes del evento, lo vivido durante el suceso, el nivel de comprensión sobre lo sucedido, la habilidad para manejar sus emociones, la edad y temperamento son parte de los factores que determinan el modo en que una catástrofe los impacta. Lo fundamental es que sus padres y otros adultos significativos, como profesores o médicos, comprendan estas reacciones y contribuyan a su recuperación. Unos lo harán en corto tiempo, otros pueden continuar presentando dificultades hasta seis meses más tarde, pero un porcentaje menor podría presentar dificultades que se agravan o hacen crónicas en el tiempo.
Es bueno que no sólo sea algo individual, sino intentar que sea compartido, que los pequeños vean a sus padres y familiares actuando positivo ante una catástrofe, ayudando a reconstruir o reconstruyendo, ya sea que la desgracia haya tocado directamente o sólo se haya sido testigo de ella.
Esto es fundamental para la salud futura. Intentar restablecer en el menor tiempo posible las actividades normales, ayudándolos a encontrar modos para manejar las consecuencias de estos eventos como, por ejemplo, las réplicas. Apoyarlos para que disfruten de actividades que los distraen o entretienen: leer, cantar, bailar, reunirse con sus amigos o hacer arte, por ejemplo.
-Psicólogos Voluntarios de Chile: Para ayudar a enfrentar los daños en la salud mental provocados por la hecatombe, decenas de profesionales se han organizado para brindar atención a los más afectados, respaldados por el Colegio de Psicólogos. En esta cruzada se han aliado incluso con la Agrupación de Terapeutas Florales. Más información en www.psicologosvoluntarios.cl.
-Fonoinfancia: Este servicio de la Fundación Integra está ofreciendo apoyo sicológico gratuito a los afectados. Llamar al 800 200 818.
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