La semana pasada publicamos la primera parte de esta historia: el embarazo de Leo Marcazzolo. La dejamos a punto de ver nacer a su hijo. Aquí, el final. O más bien el principio de su nueva vida como mamá.

Estoy en la sala de parto. A punto de parir. Son las ocho de la noche y he pasado más de nueve horas en la clínica, esperando la bendita ‘dilatación’. Estoy en nueve, luego de una inducción que comenzó a las 11 de la mañana. Ha llegado el momento. El gran momento del nacimiento de mi primer hijo. Me han puesto la epidural hace menos de una hora y mi marido me acompaña en la cabecera. La matrona me dice que no tenga miedo, el doctor me dice que no tenga miedo y el anestesistamepregunta si siento dolor. Y en realidad no siento nada. Mi cuerpo yace dormido de la cintura hacia abajo, y empiezo a pujar y empiezo a gritar. Grito sólo por inercia, porque no me duele nada. Grito porque en todos los partos que vi en el cine las mujeres gritaban, y se supone que hay que hacerlo.
En medio de toda esta gran conmoción se me viene un pensamiento estúpido a la cabeza. Pienso que jamás volveré a comer helado de piña, porque durante estas nueve horas de espera engullí lo suficiente para el resto de mi vida. También pienso que ya he perdido completamente el pudor, ya me han visto mis ‘partes’ demasiadas personas como para que en el futuro me avergüence usar la más pequeña de las tangas. Sigo pujando, no veo nada y todo sucede demasiado rápido. Quince minutos transcurren y finalmente sale la cabecita de Octavio. Sigo pujando y sale su cuerpo. Ya nació. No puedo parar de temblar. No sé si estoy feliz o infeliz. Sólo sé que estoy muy nerviosa y que esto debería recordarlo por siempre. Octavio no llora, y yo comienzo a llorar. Lo traen y casi no puedo tomarlo de tanto que tiemblo. Me lo acercan por algo que llaman ‘apego’, pero yo estoy tan nerviosa que sólo quiero devolverlo. Temo dejarlo caer. Es tan frágil que cualquier cosa le podría pasar. El doctor comienza a coserme los puntos y se supone que yo debo compartir con mi guagua. Pero mi miedo se acrecienta y sigo llorando. Sólo paro de llorar cuando finalmente mi marido me dice que “pare el melodrama y que esto no es una teleserie”, que todo salió muy bien, y que yo ya soy la deslumbrante mamá de un hombrecito.
Octavio, esa noche, no duerme conmigo. Se lo llevan a una guardería para que yo descanse, pero yo igual no pego pestaña. La paranoia me persigue. Escucho los pasos de las enfermeras en el pasillo y pienso lo peor: me vendrán a decir que algo le pasó ami guagua. Es el comienzo del terror a ser mamá que me acompañará por el resto de mis días. Y yo, que soy obsesiva, lo tendré elevado al cubo.
Mi guagua no resultó ser precisamente un ángel. A la 1 recién me lo pude despegar de la pechuga y durmió sólo hasta a las 3 de la madrugada seguido. A esa hora comenzó a llorar como muñeco, y se puso a mamar hasta las 6. No quería despegarse de mí y por más que trataba de hacerlo dormir, seguía con hambre. Pero lo más desesperante de todo no era eso, sino mi marido. El muy descarado dormía a sus anchas y yo ya no podía más de la rabia. Feliz le hubiera pegado una patada para que despertara. Eso o meterle un cable por la boca mientras roncaba. Realmente los hombres nos despiertan instintos asesinos en estos momentos. ¿Por qué ellos pueden dormir y una no? ¿Por qué ellos no son testigos del minutero que avanza despiadado y de la guagua que nunca quiere dormirse mientras una sigue ahí al pie del cañón?
Esa primera noche me bastó para transformarme en una verdadera bruja. Nunca lo había sido, pero esa mañana amanecí completamente transformada. Le dije (o más bien le ordené) que lo menos que podía hacer era mudarlo. Pero cuando lo mudó, Octavio se le hizo caca y pipí encima y él sólo pidió socorro. A pesar de que lo socorrí, no pude evitar reírme. Fue como si mi pequeño niño hubiese hecho causa común conmigo.
Por la tarde llegó mi mamá a visitarnos. Desde un principio se le notó que no confiaba para nada en mis manos. Desde chica me ha dicho que soy ‘manitos de hacha’ para todo y juraba de guata que Octavio se me iba a caer. Si bastaba con que yo lo cogiera para que me dijera: “¡Cuidado con la cabecita!”. O si le daba pecho y él se sumergía demasiado en la pechuga, me decía que se iba a ahogar. Puras advertencias de ese calibre. Siempre tendiendo a lo macabro. Es más de lo que podía tolerar. Así es que terminamos peleadas, pero a la media hora estábamos amigas de nuevo.

Un día dejé a Octavio sobre mi cama y bastó con que me diera vuelta un par de segundos para que él comenzara a ahogarse. Había vomitado y el vómito se le había devuelto y yo no sabía qué hacer. Casi me morí. Como buena madre primeriza, tuve la peor de las reacciones: comencé a gritar como barraca y por milagro del destino se desahogó.
A partir de entonces me puse más paranoica todavía. Si tosía, altiro pensaba que se estaba ahogando. Si dormía muy profundamente, lo zamarreaba para verificar si estaba respirando. Si lloraba, de inmediato me sentía ‘mala madre’ por hacerlo sufrir. Créanlo o no, la culpa es un fantasma que nos rodea siempre en esta clase de situaciones. Nunca me sosegaba. Si no era una cosa, era la otra. Eso duró hasta que al final caí absolutamente rendida ante los encantos de mi hijo. Su pequeño tamaño me enterneció a tal nivel que dejé de inventarle ‘dolencias’ y comencé a disfrutarlo.
El único problema era que Octavio seguía demasiado insaciable. Se colgaba por tres horas consecutivas de mi pecho (créanme que eran tres horas por reloj), y aun así no dejaba de tener hambre. No me lo soltaba ni amarrado. Incluso por las noches, cuando lo acostaba en mi cama, comenzaba a pegarme patadas para que le diera más. Lo peor de todo no era eso, sino las sentencias de los demás. En especial de mis tías octogenarias. Un día vinieron a verlo, y como notaron que yo no me lo despegaba ni para ir al baño, dictaminaron que me tenía ‘dominada’. “Esa criatura te domina”, me dijeron, y largaron la cantinela de los 15 minutos por lado. Sólo atiné a decirles que sí a todo. Luego, por la noche, me daba vueltas una sola interrogante: ¿Será verdad que mi hijo me domina? ¿Será acaso que di a luz a un pequeño Hitler y aún no lo sé? No y no. Mi hijo era un ángel y esa era mi única certeza. Lo único que estaba claro era que la edad de mis tías no era sinónimo de sabiduría.
Fuimos al pediatra. Y de inmediato arribó la respuesta a todas mis plegarias. Mi niño tenía hambre porque mi leche no era buena y había que darle relleno. Aunque ustedes no lo crean es así: hay leches buenas y otras líquidas como la mía que no engordan ni a una hormiga. En efecto, mi leche es tan cristalina que hasta un insecto le haría asco. Y la doctora, con mejores palabras, obviamente, me lo dejo más que claro. En ese momento mi vida cambió. Mi guagua comenzó a saciarse. Y ahora hasta juega. En sus momentos de divertimento hace lo que yo he decidido bautizar como el “trotecito peruano”, que es cuando se pone a mover los bracitos y las piernecitas sin descanso. Además balbucea, y yo suelo intentar descifrar sus enigmas sin ningún éxito, por supuesto. No es porque sea mi hijo, o tal vez es justamente porque es mi hijo, pero lo considero sencillamente perfecto.
Una madrugada, a eso de las 3 pasadito, Octavio se despertó y estaba entero mojado. Lo mudé y descubrí que había hecho caca verde. La caca se convierte en un tema recurrente de conversación cuando una es mamá. Tampoco es que ande todo el día hablando de eso, pero de que es tema, es tema. Y por culpa de mis tías octogenarias, la caca verde se transformó en un mal augurio. Ellas me habían advertido ya (sin ningún asidero científico) que su presencia significa virus. Por eso casi me morí al verla. Estaba tan asustaba que llamé a la pediatra y la desperté a esa hora indecente, sólo para preguntarle si tenía que llevar a mi guagua a la clínica de urgencia por ese motivo. Obviamente me dijo que no, que era un pequeño resfriado o nada. Me dio tanta vergüenza que feliz habría cavado un hoyo para meterme por siempre.
Octavio finalmente cumplió dos meses y su papá (que por alguna extraña razón le habla como si fuera adulto) le preguntó que qué onda, que cómo lo había pasado. Y él respondió en su lenguaje ininteligible que bien, pero que se le había salido el ombligo. El pobre tiene un verdadero botón nuclear como ombligo, pero ya no me urjo más, porque sé que se le va a meter solito antes de los cuatro años. Así y todo sigue siendo delicioso. Los niños son así. Hay madres que sólo quieren que nunca crezcan para continuar conservándolos pequeños y frágiles por siempre. Pero yo no. Yo quiero que un día sea grande y comience a soñar. Que tenga ocho años y me encuentre la más linda del universo. Que sea adolescente y que me odie por eso. Que sea adulto y me presente a ‘su niña’. Que se haga más adulto y me rete por mi escote. Que me critique. Pero que sea feliz. Tan sólo le pido que respete la fugacidad de los buenos momentos y que sepa sonreírle a la vida.
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