
La Sabrosalsa Deyco era la salsa de tomates por excelencia de la mayoría de las dueñas de casa en los 80. ‘El toquecito de sabor’ que no podía faltar en las comidas. Al menos mi nana le ponía a todo: al charquicán, al arvejado, a la carne al jugo y a las lentejas. Sólo porque era uno de los auspiciadores más importantes de su programa favorito, el Festival de la Una.
Lo sintonizaba al mediodía en la tele blanco y negro de la cocina, y allí mientras revolvía la olla, escuchaba incondicionalmente todos los consejos de su adorado animador.
Ella amaba sin límites a Enrique Maluenda. Cuando él osaba probar la salsa cruda con su indescriptible cara de hambre, directamente del tarro, ella hacía lo mismo. Le metía el dedo, al igual que el animador, y luego repetía: “si hasta solita es rica”. Así de influenciada estaba. Y así también se acrecentaban sus ganas de conocerlo. Soñaba con darle un beso, pero sobre todo con que Maluenda le convidara una cucharada de Sabrosalsa, sonriéndole y achinándole los ojos, al igual como lo hacía con las modelos. Lo veía como su príncipe azul y vivía juntando las etiquetas de los tarros para participar en el gran sorteo que le permitiría ir a su programa. Por ese entonces introducían todas las etiquetas (con los nombres de los participantes) en una gran tómbola, y así escogían a los miembros del público. Pero mi nana nunca salía elegida. Veía la tele cruzando los dedos, pero no pasaba nada. Eso, hasta que un día se decidió a cambiar su destino y a dejar de esperar a que la llamaran. Tenía un plan pero era de lo más descabellado y absurdo. Descabellado e improbable. Tanto que hasta yo, a mis ocho años, le aconsejé que mejor no lo hiciera. Pero ella ya estaba decidida. Al igual que el caballo que sólo ve la zanahoria en sus narices, no escuchó a nadie y se dirigió al canal, cerca de las 7 de la mañana.
Recuerdo que ese día amaneció lloviendo pero igual partió. Llevaba un paraguas en una mano y un tapper con arvejado en la otra. Anhelaba, según me contó después, que Maluenda probara su receta con Sabrosalsa. Se apostó en la puerta del canal y esperó. Esperó y esperó. Pero su príncipe azul jamás apareció, y tuvo que devolverse sin ninguna esperanza a la casa. Su plan de pedirle un beso al animador había fracasado y ya no le quedaba más remedio que conformarse.
Pero a los pocos meses, por uno de esos azares de la vida, finalmente contó que se topó con el conductor en una farmacia, y logró darle aquel beso que tanto anhelaba. Al menos eso fue lo que me narró, mientras abría un tarro de Sabrosalsa en la cocina. Y aunque desde el principio dudé de su versión, nunca le dije nada porque lo que menos quería era empañarle su felicidad.
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