Leo recuerda lo que le gustaba su muñeca, a pesar de lo sencilla que era.
A pesar de que la Pepona era la muñeca más sencilla del mercado, a todas las niñas nos encantaba por su cuerpo de trapo, sus pecas, su pelo de lana y su carita de oso siempre sonriente.
Y lo que más me gustaba es que ella siempre velaba mis sueños. Me acompañaba todas las noches desde que apagaba la luz hasta que amanecía; era fiel como el más leal de los perros. Incluso me perdonaba que la desnucara ininterrumpidamente con mis variados movimientos nocturnos. La pobre solía amanecer con la cabeza en cualquier sitio debido a todas las patadas y codazos que le propinaba en mis pesadillas. Iba conmigo a todas partes...
Nunca olvidaré el maldito día que se me ocurrió llevarla a Fantasilandia. No sé qué seme pasó por lamente aquella vez y, por mi culpa, mi pequeña amiga sufrió una serie de pellejerías inmerecidas. De partida se sacó la ñoña en el Tagadá: recuerdo que pusieron el tema Thriller de Michael Jackson (que por aquella época sonaba en casi todas las radios) y yo me embalé tanto con el ritmo que, en un descuido, la dejé volar hasta el mismísimo centro de la pista. Felizmente logré salvarla, pero poco después, cuando nos subimos al Barco Pirata, las cosas empeoraron: durante los vaivenes más álgidos de aquel juego la pobre diabla seme soltó de los brazos y la vi volar como una hojamarchita por los aires. No me quedó más remedio que engullirme un helado para calmar mi tristeza. Pero cuando lo terminé volví a sentirme igual y me di cuenta de que sólo a través de mi Pepona podría recuperar mi alegría. No apareció, pese a que la busqué por todos lados, y regresé a mi casa con las manos vacías.
Mi mamá no pretendía comprarme otra, así que decidí irme por el mal camino para recuperarla: le usurpé la suya a la Francisca, mi amiga más ingenua, quien además de creer en el Ratoncito y el Viejo Pascuero, tenía como máximo sueño nada menos que ir a Sábados Gigantes, a conocer a los integrantes del clan infantil. Así de ilusa. Como lo que yo quería era que me diera su Pepona, le inventé que un tío nos conseguiría entradas en primera fila para asistir a la grabación del programa. Todo, lógico, a cambio de que ella me ‘regalara’ su muñeca. La convencí de inmediato. Pero los problemas llegaron dos meses después, cuando comenzó a mirarme raro, porque yo no le respondía nunca qué día iríamos a ‘la tele’, y le tiraba cualquier chiva –cada una menos creíble que la anterior– para explicarle la tardanza de las entradas... Pero un día ya no pude más con mi culpa y le confesé todo, y le devolví su muñeca. Sólo pude recuperarme semanas más tarde, cuando mi mamá finalmente me regaló una Pepona idéntica a la que se había ido –casi literalmente– al cielo durante mi visita a Fantasilandia.
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