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Mujer

Cinco presidenciables

Marcados por la paternidad

Dicen que en política muchos luchan por tener un heredero. Para el Día del Padre y mientras se libra la contienda presidencial, les preguntamos a Marco Enríquez-Ominami, Sebastián Piñera, Eduardo Frei, Jorge Arrate y Alejandro Navarro qué creen haber heredado de sus padres y, de paso, cuál será el legado que le dejarán a sus hijos.

Se juntaron dos elementos interesantes: el Día del Padre y una campaña de presidenciables que está que arde. Detrás de cada uno de los cinco hombres que ansían llegar a la Presidencia de la República en marzo de 2010 hubo modelos paternos que jugaron un papel clave en su formación como seres humanos, como personas entregadas a la labor social y, en algunos casos, como “animales” políticos.

Sebastián Piñera busca su camino a La Moneda por segunda vez, inspirado en la “vocación de servicio público” que le inculcó su papá. Eduardo Frei Ruiz-Tagle, hijo de otro ex mandatario de la misma tienda política, aspira a repetir la experiencia que ya tuvo anteriormente y, por qué no decirlo, en el nombre de su padre. Jorge Arrate emula a ese radical que ensayaba discursos en la ducha para conseguir lo suyo. Marco Enríquez-Ominami, un hijo “díscolo” marcado por una doble figura paterna, intenta congeniar la imagen de mítico líder revolucionario que fue su padre biológico con la de un parlamentario concertacionista que lo adoptó cuando era pequeño. Y el primogénito de un arreglador de muebles, Alejandro Navarro, expande a cómo dé lugar el espíritu “idealista y contestatario” que le enseñó a defender su padre.

Salvo Eduardo Frei, quien acostumbra a celebrar en familia esta fecha, la mayoría dice que no festeja el Día del Padre. Menos en medio de una campaña tan agitada, con una agenda abarrotada de viajes, discursos y encuestas. Pese a ello, todos los entrevistados acceden a hurgar en su infancia, para recordar sus vivencias como hijos. Y, al mismo tiempo, reflexionar sobre cómo éstas han afectado sus propios roles como papás.

¿Qué tal han sido sus experiencias como padres? Uno se declara “imperfecto”; otro, un “padre ausente” por haber vivido ocupado en el mundo empresarial y político. Hay confesiones de dolor por vivir separado de sus retoños por un “océano de distancia”, como consecuencia de los años de exilio. Y, casi todos, coinciden en que “nadie le enseña a uno a ser padre”. No es fácil y no hay “animal político” que se libre de algo tan natural como haber ejercido este importante rol.

Eduardo Frei Ruiz-Tagle (66) “El rey de la casa”

Es el cuarto de siete hijos y el único que lleva el nombre de pila de su padre, Eduardo Frei Montalva. Nació después de tres hermanas, en 1942. Una condición que recuerda con simpatía. “Mi tío cura, que era machista, dijo: ‘Por fin soy tío’. Además, gocé de ciertos privilegios, por ejemplo, había dos columpios: uno para las niñas y otro para mí”.

Según dice el candidato de la Concertación, su papá era un hombre cariñoso y alegre, que siempre dio libertad a sus hijos para tomar decisiones. Aspectos que el propio Frei Ruiz-Tagle reconoce en la relación con sus hijas: Verónica (39), Magdalena (34), Cecilia (32) y Catalina (28).

El ex mandatario se considera un buen padre. Le enorgullece tener una familia con valores y alegría. Y asegura que no está en deuda con ellas, porque antes de que entrara a la política, a fines de los 80, estuvo siempre cerca. “En el momento político, ya estaban más grandes y a pesar de eso, estuve en todas las instancias importantes de su vida”. Como cuando dos de ellas vivieron sus respectivas separaciones. “Yo primero apoyo, luego comprendo y después pregunto cómo puedo ayudar”, comenta.

Para él, lo peor de ser papá fue poner límites. ¿Lo mejor? Sentirse tremendamente querido por quienes lo hacen vivir como el “rey de la casa”.

Cuando su mujer sufrió pérdidas de embarazos, vivió los momentos más difíciles. “Fue un dolor profundo para ambos”, indica.

Para el Día del Padre, además de celebrarlo, sus hijas le escriben cartas “maravillosas” que el candidato DC guarda celosamente.

 

 

 

Sebastián Piñera (59) “Lo único mejor que ser padre, es ser abuelo”

José Piñera Carvallo, el padre de Sebastián Piñera, amaba viajar. Era un intelectual bohemio que les inculcó, a él y a sus hermanos, la vocación de servicio público. Su mamá, Magdalena Echenique, en cambio, era una mujer práctica que les ayudaba a hacer tareas y les enseñaba a rezar. “Yo soy una mezcla de ambos; tomo riesgos y salgo a ver qué hay más allá de las rejas del gallinero”, dice el candidato de la Alianza por Chile.

Claro que las cosas no siempre fueron así. En los 90, cuando Piñera era senador, se ausentó tanto de la casa que su mujer –Cecilia Morel– le dejó este recado en el velador: “No te preocupes más, nos acostumbramos a vivir sin ti”. “Fue como un mazazo en la cabeza”, recuerda Piñera quien, entonces, se perdió graduaciones y cumpleaños. Ahora comparte con sus hijos su pasión por los deportes: “Todos somos buzos, parapentistas, montañistas y amantes del rafting”.

En 1992, Piñera vivió un momento difícil: un intento de secuestro a su hijo Cristóbal, que tenía 7 años. Pero se niega a dar más detalles del tema y vira a algo más alegre: “Lo único mejor que ser padre, es ser abuelo”, declara. Y él ya tiene tres: León (4), Esperanza (2) y Juan de Dios (de meses).

 

 

 

 

 

 

Alejandro Navarro (50) El sentimiento “egoísta”

El candidato del MAS debió ganarse la vida tempranamente. Hijo de un arreglador de muebles y de una dueña de casa, Alejandro Navarro debía contribuir con los gastos de un hogar modesto y de tres hermanos menores. “Fernando, mi viejo, era un lector asiduo (si bien llegó a segundo de humanidades) y de él heredé el amor por la lectura y valores como la honestidad, la responsabilidad por la pega y la dignidad. También, un costado idealista y cuestionador”, cuenta.

Juntos escalaban el cerro Manquehue y jugaban al fútbol. “En general, era un hombre muy dinámico. Y en tiempos duros compartimos muchas cosas, porque yo era el hijo con que tenía más confianza”. Se refiere al alcoholismo que sufrió casi en la etapa final de su vida (murió de cáncer de páncreas, en 1995).

Gracias a su papá ha intentado desplegar una relación abierta, de mucho diálogo con sus hijos (Araxza, 12 años; América, 10; Alonso, 6, y Antonia, 2), que espera lo conozcan, incluso con sus defectos, como él hizo con su padre. “Ser padre es un sentimiento maravilloso, pero a la vez egoísta. Los hijos son la continuidad del ser, o sea, una satisfacción escondida de tu proyección”, asegura. Lo peor de la paternidad, dice, es la pérdida de la libertad. “Hay alguien que depende de ti y cualquier cosa que uno decide debe pensarla dos veces”.

El episodio más duro como papá fue cuando nació su hija menor. Pesó 700 gramos y tanto ella como su madre corrieron peligro de muerte. “Antonia estuvo cuatro meses en la UTI y nos pasamos todas la noches en la clínica”, recuerda.

 

 

 

 

 

 

Jorge Arrate (68) El océano de por medio

Hijo de un empleado municipal y ex oficial de marina, Jorge Arrate se crió en el barrio Brasil entre los libros que su papá devoraba. De él heredó el gusto por la lectura y la escritura.

A diferencia de su mamá, apegada a la tierra y previsora, su padre murió sin tener casa propia. Verlo con dinero era un espectáculo: compraba helados y dulces a destajo. “Yo tengo desapego por el dinero, pero soy ordenado como mi madre”.

El candidato de Juntos Podemos también ingresó a la política por su padre: radical y masón, que hacía discursos bajo la ducha, todos los domingos. “Fue un gran orador, que murió socialista, en 1998”.

Después del golpe, Arrate, su mujer de entonces y sus dos hijos –Alejandro e Isabel, ahora de 41 y 37 años, quienes hoy viven en Holanda– salieron al exilio. En 1987, regresó a Chile solo. Desde entonces, han estado 22 años con “un océano” entre ellos, pero siempre en contacto.

¿Lo mejor y lo peor de ser padre? “La admiración con que los hijos lo miran a uno cuando son chicos, como un ser todopoderoso… Y lo difícil es que ni uno ni los hijos se sienten 100 por ciento satisfechos. En mi caso, la dedicación a la política fue tan intensa, que pasé varios Años Nuevos fuera de casa, en actividades contra Pinochet. Creo que debí haberlo hecho mejor”. Pero no se arrepiente, porque como dice, era su “deber” y sus hijos lo entienden.

El momento más duro como papá fue su regreso a Chile. “Tenía a mis padres acá, quienes después del 73 se quedaron sin hijo por 14 años, y también sin nuera ni nietos. He estado bastante descuartizado, entre mis padres y mis hijos”.

 

 

 

 

 

 

Marco Enríquez-Ominami (35) Dos padres y dos hijas

Tenía menos de dos años cuando Carlos Ominami llegó a su vida, y lo quiso “altiro”. Marco Enríquez-Ominami dice que desde el comienzo fue un padre fantástico, quien le enseñó a ser riguroso, honesto, leal; y que le transmitió el valor del coraje. Al mismo tiempo critica su noción “rara” de la economía: de mandarlo a un colegio caro y darle apenas “diez lucas” de mesada. “Una vez, le pedí un mes por adelantado y me dijo ‘no, ordénate’, ésa todavía no se la perdono”, cuenta entre risas. “Pero no quiero ser injusto, porque a él lo conozco más”.

Con Miguel Enríquez, su padre biológico, “tiene” otra relación. Va al cementerio y se queda unos minutos frente a su tumba. Sabe por su madre,Manuela Gumucio, que tenía buen humor, algo que él heredó y que fomenta en sus niñas.

La paternidad es un tema para el candidato independiente. Cuando nació Manuela (4), su hija con Karen Doggenweiler, cayó en cama en la misma clínica en que su mujer dio a luz. “Y como había prensa, según mis padres llamé la atención y competí con el nacimiento de mi hija. Me impactó la llegada de Manuela, porque como hijo adoptivo tengo más coordenadas sobre Fernanda (la hija mayor de Karen), así como las tengo más sobre Carlos que sobre Miguel”.

El diputado asegura que con Manuela es mucho más “imperfecto”: la reta más que a Fernanda. “Tiene que ver con esta confusión de ser hijo-hijastro”, señala. Hasta ahora, lo más difícil que ha debido enfrentar como padre, es la pubertad de Fernanda. “Ha sido mucho el cambio de la niña de 9 años que tomaba en brazos a la de 13, que pide permiso para salir a las 11 de la noche y llegar a las 4”.

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